Un
viernes por la noche, cuando apenas cesó de llover; Don Cosme
regresó por el desquite al viejo casino de la calle El Calvario.
Venía a saldar una deuda de honor, como él mismo decía:
“¡No que va!, no me voy a quedar con esa espinita”. Venía
por el desquite, ya que la noche anterior a ésta había perdido una
fuerte suma de dinero en una jugada donde pudo más la ambición que
la prudencia, o también la seguidilla de suerte que esa noche le
estaba deparando el dado. Lo de Don fue un agregado, o sea el trato
de cortesía que le dio el viejo Mario a Cosme para ganarle un favor;
como no conocía su nombre, simplemente le dijo Don. A partir de ese
día, todos los presentes le dijeron Don.
Ese
viernes, la sala de juego estaba abarrotada de personas; de los que
jugaban alrededor de la mesa redonda, como de los mirones que en
ocasiones hacían sus apuestas
por
fuera. Había mucha agitación. De continuo, estos últimos entraban
y salían de la sala de juego al bar, y del bar a la sala de juego;
unos a llenar el vaso, otros por una cerveza. Algunas de estas
personas venían por curiosidad, otros a probar suerte y otros
simplemente a tomarse un trago. El dinero se apilaba en la mesa, y
en ocasiones o de continuo pasaba de una mano a otra. “¡Voy cien
bolívares a Don Cosme!”, gritaba uno de los mirones, mezclando su
voz con la de Antonio Aguilar que se oía en la rockola del bar,
cantando el corrido de “Mauricio Rosales”. “¡Pago los cien!”,
respondió un moreno de sombrero pelo e' guama. El ambiente estaba
saturado de humo de cigarro y el de un tabaco aromático que se
avivaba cada vez que uno de los jugadores sentado frente a Don Cosme
aspiraba una bocanada.
“¡Tira
a pinto!”, le gritó a Don Cosme uno que en ese instante se acomodó
en la mesa; colocando en el tapete verde un billete de diez delante y
uno de veinte atrás. “¡Qué?, ¿con treinta bolívares? ¡No,
aquí no! ¡Busca tu cueva, guabina!”, objetó el juez. Al rato se
apareció el mesonero con una ronda de cerveza y dos vasos de añejo
que había pedido el “mano floja” de Don Cosme -
o buena gente - como decía el viejo Mario; a quien se le notaba
una cara de alegría ―
por supuesto ―,
de esos brindis, ya se había tomado varios. A Mario le relumbraban
los ojos cada vez que Don Cosme ganaba una parada, pues sabía que
éste le facilitaría algún dinero al terminar de jugar.
“¿Cómo
es la jugada?”, preguntó Don Cosme. Cuatro de los que estaban al
frente dijeron,
“¡Paro!”. Los demás, cantaron “¡Pinto!”. “¡Topo a
todos!”, dijo Don Cosme tirando los dados que salieron en
volandilla rodando por el tapete verde. Uno de los dados se paró en
seco mostrando la cara del uno, el otro siguió rodando, por un
instante se le vio la cara de un seis, el dado hizo un extraño
cayendo en uno. “Con par de uno, pierde Don Cosme”, sentenció el
juez. La sonrisa que se dibujaba en el rostro del viejo Mario se
transformó en mueca. Salió de inmediato a refugiarse en el bar,
hizo sitio en una mesa y pidió un trago doble para calmarse la
rabia que le produjo esa mala jugada. “Fue una torpeza ―
pensó Mario ―,
Don Cosme no debía apostarlo todo”. Al rato se apareció
éste, marcó unos discos en la rockola, se acercó a la mesa de
Mario, se sentó a su lado y pidió dos tragos.
―
¿Viste la jugada?
― Sí, la vi.
―
¿Qué te pareció?.
―
Un disparate.
―
¿Te diste cuenta del extraño que
hizo el dado?
―
Así es el juego..., pero eso de apostarlo todo en una sola jugada,
a mí no me cuadra.
―
Lo sé..., no sé que me pasó. Me confié
en la seguidilla de suerte que estaba echando.
― Lo
comprendo.
―
¿Lo comprendes?... Si jamás te he visto jugar.
―
Bueno..., eso es verdad... Pero, ¿por qué crees tú, que este
casino se llama “La Piedra del Zamuro?.
—
No lo sé..., dímelo tú.
―
El nombre de este casino tiene su historia... Es verdad que jamás me
has visto jugar..., pero aquí donde tú me ves, fui tan jugador como
tú y aunque ahora no juego; aquí dentro de mí lo sigo siendo. Cosa
extraña, ¿No?. Con decirte, que cuando me sentaba en una mesa de
juego, no sentía hambre, ni estaba pendiente de la hora. Es más,
para mí no existía la prudencia; esta actitud en mí tenía su
porqué. Anteriormente este sitio era una simple taguarita, sin
nombre; a este sitio me trajo un conocido que estaba muy interesado
en saber si yo poseía algún secreto para ganar a los dados. Fue
tanta la confianza que le di, que lo hice mi compadre. Una vez que
estábamos tomando unos tragos le mostré el amuleto que llevaba
colgado al cuello. Era un saquito rojo con una piedra de zamuro.
Cuando eso, ya
este sitio no era la simple taguarita. Después de haberle contado el
secreto, a los pocos días sucedió un hecho curioso: Un día martes,
a las once de la noche, entraron unos individuos con pistola en
mano; “le pasaron raqueta a todo el mundo”. Al rato oí que uno
de ellos le dijo a otro, “Ese es el tipo”. Éste se me acercó.
¡Que te cuento!, el muérgano me quitó el amuleto. Este incidente
se convirtió luego en una “mamadera de gallo”. “A Mario lo
único que le quitaron fue la piedra de zamuro” o también decían
“Vamos pa' la piedra del zamuro”, eso era todo lo que se oía. Ya
Pepe venía haciendo los trámites para registrar este negocio. Una
vez oí cuando Pepe le preguntaba a un tal Ponciano que estaba
tomándose unos tragos en la barra, que nombre le gustaba para el
negocio. Éste le dijo que le pusiera la piedra del zamuro. Y así
se quedó.
―¿Ese
asunto de la piedra es verdad?.
―
¿Qué?, ¿lo del atraco?.
―¡No
vale!, lo de la piedra... ¿Es verdad que te daba suerte?
―
¿¡Qué si es verdad!?... ¡Claro que es verdad!. Con
decirte
que no había quien me ganara.
―
Si eso es tan cierto como dices. ¿Porqué no
consigues otra?.
―
¿Ya pa' qué?..., a mi edad..., ya no tengo ilusiones.
―
¿Porqué eres tan pesimista?
―
¿Pesimista?... ¡No!... Solitario, que es otra cosa... ¿Comprendes?
―
¡Coño vale!, consigue una mujer.
―
¿A mi edad?..., ¿qué mujer se va a interesar en mí?... Además,
mi problema no es la falta de mujer. ¿Me entiendes?
―
No, no te entiendo. Yo pensaba que no tenías preocupaciones.
―
Perdí a mi esposa, a mi hijo y luego mi hija Cristina que era lo
único que me quedaba en este mundo..., se envenenó. ¿Te parece
poco?
―
¡Lo siento!... Esas cosas es mejor no removerlas.
― Sí,
es mejor ―
dijo Mario con voz apagada.
―
Te has dado cuenta que últimamente no gano una... ¡Estoy como
salao!... Creo que sería bueno conseguir una piedra de zamuro.
―
Eso no es así de fácil. Eso tienes que hacerlo a las doce en punto
de la noche, tú solo.Cuando consigas la piedra, si oyes una voz a tu espalda; no voltees
por nada del mundo. ¿Me entendiste?
―
Sí, te entendí.
Después
de esa conversación, Don Cosme
esperaba impaciente detrás de unas rocas el momento oportuno. Cuando
el reloj marcó las doce en punto de la noche, espantó al zamuro,
alumbró con la linterna la nidada; la revisó con sumo cuidado, tomó
una piedra y cuando ya venía de retirada escuchó una voz
cavernosa a su espalda . En
ese instante se acordó de lo
que le dijo Mario: “No voltees por nada del mundo”.
―
¡Eh, amigo! ¿Qué hacía usted registrando esa nidada?.
―
Buscando una piedra ―
respondió Don Cosme con temor y sin mirar hacia a atrás.
―
¿La encontró?
―
Si, la encontré ―
respondió con mucho recelo.
Don
Cosme reanudó la marcha con cierto temor, y al rato volvió a oír
la voz del extraño:
―
¿En qué vas a utilizar esa piedra?. ¿En el amor, en los negocios o
en el juego?
―
¡En el juego!
―
¡Buen provecho!
Después de ese suceso; a Don Cosme, la
piedra del zamuro le avivó el ánimo; tal era su entusiasmo, que el
viejo Mario le recomendó prudencia para no llamar la atención,
dándole algunas recomendaciones: Jugar de vez en cuando, retirarse
en el momento más oportuno, apostar poco...
Realmente
Don Cosme no era un mala suerte, sino que muchas veces se pasaba de
imprudente; lo cual le hacía perder hasta el último centavo...
Para un jugador compulsivo, romper con
esos consejos o reglas no es nada difícil; lo cual haría un martes
por la noche. Ese día, animado por la suerte que le transmitía
la piedra de zamuro,
apostó en una sola parada todo el dinero que llevaba consigo.
“¡Topo a todo!”, dijo. Lanzando los dados sobre el tapete verde.
La mirada de Don Cosme se clavó en el par de dos que en ese instante
acababan de mostrar un par de uno. No podía creerlo, atónito con
el rostro lívido se llevó la mano al pecho.
Todos esperaban lo peor. Casi se desploma
si el viejo Mario no lo aguanta.
―
¿Qué te pasa? ¿Te duele el pecho?―
le pregunto Mario.
― No, es el amuleto. ¡Se me perdió la
piedra!. ¡perdí la suerte!.
―
¿¡Cómo!?
―
¡No sé!..., se desató. ¡El nudo!..., se desató.
―
Pero no te preocupes..., consigue otra piedra.
A
Don Mario se le iluminaron los ojos al oír estas palabras.
“Mañana mismo la consigo”, pensó
A los pocos días, Don Cosme hizo en otra
nidada el mismo procedimiento de la vez anterior. Tomó la piedra y
cuando ya se venía, escuchó la voz del extraño a su espalda:
—¡Epa,
amigo! ¿Qué hacía usted registrando la nidada del zamuro?
―
Buscando una piedra ―
contestó Don Cosme, tembloroso y sin mirar hacía atrás
―
¿No es usted el mismo que vino la otra vez por una piedra?
―
Sí, soy yo.
―
Mire amigo, ya usted tuvo su oportunidad, es mejor que devuelva esa
piedra.
―
¿¡Devolverla!? No, que va, ni en juego ―.
Para decir estas palabras, Don Cosme hizo un esfuerzo sobre humano a
pesar de su temor.
― Bueno... ¡Llévela!, de todas formas
esa piedra no le servirá de nada.
Humberto J. Ramos
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