¿Vender al justo...?
¿Delatarlo..., entregarlo...?.
Sí..., por amor al hombre debo hacerlo.
¡Oh Dios!.
Aún queman mis manos las treinta monedas de plata.
Y aún palpita en mis labios el beso dado en tu mejilla.
Y la soga que aún pende del árbol no ha borrado el oprobio.
¡Oh Dios!.
¿Quién soy para renunciar a mi destino?.
Destino prefijado,
inexorable, eterno.
Renunciaré al honor y a la paz y el reino de los cielos me será negado.
Para salvar al hombre...
¿Debo arder en el infierno?.
Humberto J. Ramos
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